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La Coctelera

gemafernandez

22 Noviembre 2006

"Educar en Libertad"

Artículo elaborado por Ana Mª Romero Iribas, Nuestro Tiempo, 1.V.06

Todos tenemos temas que despiertan nuestro interés de un modo especial; para cada quien son diferentes y esa inclinación es muchas veces algo instintivo; otras, es consecuencia de nuestra biografía, de nuestra trayectoria vital o simplemente del ambiente en el que hemos crecido. En cualquier caso, hablamos de esas cuestiones que al aparecer en una conversación, viendo una película o leyendo, hacen que algo dentro de nosotros vibre, que se ponga en pie -casi de puntillas- y que nuestros sentidos se agudicen al máximo tratando de no perder nada.

La libertad es uno de esos grandes temas, una de las cosas que producen atracción irresistible y a la que siempre dedicas de un modo u otro tu atención. Primero como descubrimiento vital, después como herramienta imprescindible para vivir; y al final, como el ingrediente esencial de la tarea educativa.

Dirigiendo una mirada analítica y retrospectiva sobre la libertad y la vivencia que todos tenemos de ella, se nos descubren muchas cosas que para quienes nos dedicamos de un modo u otro a la educación o la formación son de gran interés. A la vuelta de los años, en la tarea educativa te das de bruces una y otra vez con la libertad cuando en tu trabajo descubres que el verdadero reto de todo educador está íntimamente relacionado con ella. Que es una asignatura imprescindible. Y que el interés por la libertad que en un momento de la vida comenzó como pasión, se ha convertido ahora en misión, pues para cualquier educador ahí está el reto fundamental: en la formación en libertad.

La libertad es el arma más preciosa que se concede a cada uno para llevar a término su singladura personal; ésa en la que somos insustituibles porque nadie la va a recorrer por nosotros mismos. Para los que nos dedicamos a la educación, más allá de enseñar economía, filosofía, biología molecular o mecánica cuántica, lo realmente importante es que nuestros alumnos aprendan eso, porque eso es aprender a vivir.

LIBERTAD Y BIOGRAFIA

Por eso, cada comienzo de curso es un reto. Cuando un año más, entramos en clase y nos vemos rodeados por un nuevo abanico de rostros, tan iguales y tan distintos siempre, el alma idealista que todo profesor lleva dentro se despierta y devuelve la mirada a esos chavales viéndolos -más allá de sí mismos- como lo que serán, como lo que pueden llegar a ser.

Te recorre entonces una sensación familiar: como un escalofrío ante ese reto de mostrar caminos, de servir de guía a los alumnos para que, ese año y a lo largo de toda su vida, sean capaces de dar lo mejor de sí mismos forjando una vida y un mundo profundamente humanos.

Para eso, habrá que ayudarles a elaborar un pequeño mapa existencial (quién y cómo soy yo, qué quiero y qué puedo hacer, qué es mejor y qué peor, dónde está la verdad); habrá que darles las armas, las herramientas para decidir cuál es el rumbo que cada uno quiere tomar; y habrá que hacerles capaces de seguirlo. Y en todo esto, la protagonista es la libertad.

Al dirigirle una primera mirada advertimos algo en apariencia simple y que sin embargo hay que tener en cuenta: que el desarrollo de la libertad está ligado en cierto modo al tiempo. Que la biografía personal y la libertad están entrelazadas. Que no se puede hablar de libertad en una persona que no ha llegado a cierta edad y ha adquirido una madurez. A pesar de que tomar decisiones propias es muestra inequívoca de libertad a nadie con sentido común se le ocurrirá pedir seriamente a una niña de 6 años que decida si quiere ser arquitecto o le gustaría más ser pintora… sencillamente porque no tiene capacidad para hacerlo. Vemos así que la libertad no está preparada para desarrollar sus funciones principales desde el mismo momento de nacer. Al principio, está en cada uno como una realidad en potencia que debe ir desarrollándose hasta alcanzar su plenitud.

Podemos entonces decir que la libertad se apoya en la biografía porque el ejercicio de la libertad supone madurez personal. Libertad y biografía están íntimamente ligadas aunque no siempre la madurez acompañe el paso del tiempo en las personas. Por eso puede decirse que cierto crecimiento humano es condición necesaria aunque no suficiente para el desarrollo de la libertad.

Si la libertad se apoya en el despliegue biográfico de cada uno, se pueden distinguir en su desarrollo fases que aquí resumiremos en tres, y a las que llamaremos capacitación, descubrimiento y realización. Y a lo largo de ellas, la relación entre educador y educando varía en función de la madurez personal de éste último.

HEROES Y MODELOS

Decía García Morato en páginas de esta misma revista que “hay personas que dicen la verdad y otras que son verdad”. Hay personas que dicen cosas auténticas y hay personas que son auténticas. Y de la misma manera, hay quienes hablan de libertad y quienes vivencian la libertad, quienes viven libremente.

Pues bien, una premisa irrenunciable para el educador es que formar en libertad exige modelos, exige que el discípulo vea encarnada la libertad en el modo de vivir de las personas que le rodean y son para él un punto de referencia vital: sus padres, sus profesores, etc. Y esto es así porque hay cosas que no se enseñan más que desde la vivencia interior de las mismas.

Se enseña a vivir la libertad y en libertad siendo personas con libertad de espíritu. Cuando hemos querido con toda nuestra alma gozar de la libertad que se presentaba ante nosotros no hemos desarrollado teorías para hacerlo ni hemos acudido a las bibliotecas en busca de libros de autoayuda. Sin embargo, nos hemos sentido atraídos por personas en cuyo entorno se respiraba ese aire embriagador. Era algo indefinido que ponía nuestro espíritu en tensión y nos obligaba a pensar, a tener preguntas y a buscar respuestas a las cosas. No se trataba de gente que simplemente “hacía lo que le daba la gana” en el sentido adolescente del término, pues para entonces ya habíamos descubierto con Marina que “la libertad es la adecuada gestión de las ganas”. Eran personas cuya actitud era un acicate vital que te llevaba a mirar sin miedo la vida y a querer formar parte de ella con protagonismo. Eran gente que emanaba apertura, que facilitaba el diálogo y que no eludía las cuestiones difíciles. Antes bien, te ponían ante ellas animándote a buscar una respuesta adecuada. Y a la vez que personas abiertas, se percibía en ellas que eran sólidas: que tenían convicciones, principios y que estaban convencidos de que existía una verdad en las cosas. “Búscala”, parecían decirte, “y aprende a luchar por lo que crees que es verdadero.”

Para quien desee vivir libremente y aprender la lección de la libertad, es imprescindible el contacto con personas libres de espíritu. Y quienes nos dedicamos a la educación no podemos olvidar que educar en libertad exige vivir en libertad y que experimentarla en primera persona es un requisito imprescindible para enseñarla.

Por esta razón, todo educador es consciente de que –frente a sus discípulos- él es un poco modelo y un poco héroe sin necesidad de subirse a una pasarela ni de tener poderes especiales. Que él es uno de los libros vivientes donde los alumnos pueden aprender la lección apasionante de la libertad y que debe de ser consciente de que ellos le van a mirar, con su vida le van a interrogar… y que tienen derecho a encontrar respuesta en su modo de ser y de actuar, si uno quiere realizar honradamente la tarea de educar.

EL MAPA EXISTENCIAL Y LAS HERRAMIENTAS

Nuestras primeras incursiones en la vivencia de la libertad nos daban para poco más que para disfrutarlas y sentíamos esa libertad sobre todo como una liberación. Hubo de pasar algo de tiempo para que nuestra libertad nos pusiera en la tesitura de tomar las primeras decisiones importantes, y eso nos hizo volver la vista atrás para mirar con mayor o menor agradecimiento nuestro ayer.

Porque, en efecto, algunas de nuestras costumbres, algunos aspectos de nuestra forma de ser, nos facilitaban las decisiones que empezábamos a tomar. Por el contrario, otros hábitos nos cerraban o nos dificultaban el camino. Y entonces nos dábamos cuenta de que para ejercer plenamente la libertad hay que estar en cierto modo “habilitado” para ello: para estudiar una oposición necesito estudiar 8 horas diarias, para competir en un campeonato nacional tengo que entrenar duramente todos los días tenga ganas o no, etc. Para poder poner en juego mis capacidades tengo que tenerlas y tengo que ser dueño de mí mismo. Preparar para el ejercicio de la libertad exige enseñar a ser dueño de sí. Es decir, para ser realmente libre hay que tener dominio de uno mismo.

Todos nos hemos encontrado alguna vez con lo que hemos sentido como un pequeño fracaso o desengaño. Quizá teníamos ilusión en algo que no hemos sido capaces de conseguir porque no estábamos suficientemente entrenados: desde sacar una carrera hasta mantener una amistad en tiempos difíciles. Eran fracturas entre el querer y el poder. Por eso, en la educación hay unos años de preparación para el ejercicio de la libertad que se centran fundamentalmente en la habilitación, en la capacitación del discípulo; y esa formación es una ayuda inestimable e imprescindible para el despliegue de la libertad. Tal capacitación se centra en el desarrollo y preparación máxima de tres potencialidades: la inteligencia, la voluntad y los afectos.

En primer lugar, la capacitación de la inteligencia que debe estar presidida por un “primer principio” y auténtico motor de su funcionamiento: el amor a la verdad, el deseo de encontrarla y de vivirla. Un “primer principio” que se traduce en talante vital y que tiene respecto a la libertad una función emancipadora. Es como la rosa de los vientos en la carta de navegación que -marcando los puntos cardinales- resulta imprescindible para llegar a tierra o descubrir nuevos territorios. Con palabras de A. Llano, ese primer principio intelectual lleva a “buscar apasionadamente la verdad. La verdad como pasión es el talante o (…) el temple de quien piensa que el estudio, el aprendizaje, la conversación racional, es el mejor camino para la resolución de los problemas, para la mejora del mundo y de la sociedad”.

Formar y desarrollar la capacidad intelectual no es simplemente acumular en la memoria una gran cantidad de información y conceptos. Es, fundamentalmente, enseñar a pensar, a utilizar la cabeza aplicándola a las situaciones “problemáticas” que se presentan cada día (sea un problema de matemáticas o cómo entrar en casa porque me he dejado las llaves y no hay nadie); aprender a inventar soluciones cuando la respuesta no me viene dada (en mi trabajo hay un conflicto serio y no sé cómo resolverlo); es también enseñar a distinguir lo fundamental de lo accidental, bien sea en una lección de historia o en la vida en general; es enseñar a ir al fondo de las cuestiones… porque la respuesta estará allí, en el origen. Así pues, capacitar la inteligencia es potenciar en los alumnos el amor a la verdad, y es enseñar a pensar, hacerles pensar.

En segundo lugar tendremos que hablar del desarrollo de la voluntad, en el que tienen un papel principal los hábitos, las virtudes, los valores. Estos deben de trabajarse desde la primera infancia comenzando por cosas tan prosaicas como la alimentación o el sueño, para que luego se vayan asentando otros como la responsabilidad, el trabajo, la generosidad y un largo etcétera que incluye también hábitos sociales como el saber estar, el escuchar o el aceptar lo diferente.

Esta educación en valores o virtudes, no sólo proporciona al sujeto la facilidad para realizar una serie de acciones, sino que le otorga afinidad con los valores de tal forma que se hace capaz “no sólo de repetir lo aprendido sino de descubrir y realizar esos valores en situaciones inéditas”. (A.Ruiz Retegui).

Y por último, el tercer aspecto al que hay que atender para un buen desarrollo personal, es el mundo afectivo. De forma muy escueta diremos que se tratará de potenciar en los alumnos una gran riqueza de sentimientos; que éstos sean acordes y proporcionados con la realidad (realismo); y también que sepan expresarlos y hacerlo adecuadamente.

Al final, se trata de potenciar en cada uno todas sus capacidades operativas (las intelectuales, las volitivas y la capacidad afectiva) y además procurar que éstas respondan armoniosamente al sujeto cuando éste lo requiera.

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LIBERTAD

Me refería más arriba al momento fascinante de sentir con fuerza que tu vida es tuya, que la tienes por delante, que quieres hacer muchas cosas con ella… que eres libre.

En ese momento deseas experimentar, decidir esto y aquello, tener tus ideas propias y organizar tu vida a placer. Hay palabras y cosas por las que se siente un rechazo visceral e incontrolable como autoridad, consejo, obediencia… Son cosas que han quedado atrás, que pertenecen a la infancia, que nada tienen que ver conmigo. Lo mío es el hoy y el mañana y lo quiero manejar yo; me siento capaz de dirigirlo, de pilotarlo y no deseo intrusos en mi nave.

En esta fase el maestro tiene al tiempo un papel imprescindible y delicado en el que va mucho más allá de poner los fundamentos como se ha hecho en la niñez. El maestro debe enseñar a decidir; y a decidir bien. Dónde está el bien y dónde el mal; qué decisiones son racionales y razonables y cuáles no lo son; qué es mejor en cada ocasión. Enseñar también a “ser capaces de reconocer el bien, la verdad, dondequiera que se encuentre” (K.Wojtyla). Y alentar la pasión por la verdad sabiendo que no siempre es fácilmente reconocible o la decisión más fácil de tomar.

Biográficamente hablando, es en la fase adolescente donde se experimenta de modo especialmente intenso que somos capaces de decidir por nosotros mismos y que nos gusta hacerlo. Descubrimos esa faceta de la libertad que se denomina libertad de elección: puedo decidir, puedo elegir si zarpamos o no y puedo elegir entre poner rumbo a la Antártida o a las costas del Pacífico.

Eso sí, decidirme por una cosa, escoger una opción, tiene un “coste de oportunidad”: implica renunciar a otras posibilidades que se me presentan y significa comprometerme con una de ellas. El excesivo miedo al compromiso nos hace esclavos de nuestra propia inmovilidad puesto que me niego la posibilidad de poner en juego mis capacidades personales.

LA CAPACIDAD CREATIVA DE LA LIBERTAD

A lo largo del tiempo se van encontrando en la libertad muchos matices, como puertas nuevas que se abren a quien ha decidido adentrarse por ese mundo tan profundamente ligado a nuestro modo de ser, al ser personas. La fuerza atractiva de la libertad como conquista, como hacer lo que quiero hacer, abre paso más tarde a una nueva estancia donde la libertad presenta una faceta distinta: esa en la que uno descubre que la libertad es mucho más que hacer lo que quiero con mi vida; que la libertad es creativa.

Más que una estancia interior, esta puerta se abre a un gran espacio abierto que se presenta como una POSIBILIDAD con mayúsculas. Esta vez no se trata simplemente de elegir o decidir. De alguna manera eso es algo que hemos dejado atrás, el sendero que ya hemos recorrido y que nos ha conducido a este umbral de modo inesperado. Pues creíamos que el camino de la libertad consistía en ir eligiendo lo mejor posible, de acuerdo con un pequeño mapa que nos habíamos trazado para llegar a nuestro punto de destino.

En esa andadura nos hemos hecho fuertes, valientes, comprometidos; aprendimos que nuestra meta nos llevaba mucho más allá de nuestras posibilidades iniciales; aprendimos que había que comprometerse con ella hasta el final, de alguna manera abandonándose, confiando en que valía la pena tanto como habíamos creído al principio. No sospechábamos al ir en su búsqueda que el camino presentaría vueltas y revueltas; en lontananza, se percibía fácilmente su silueta sencilla cuando empezamos a caminar. Por eso nos desconcertaba después que la necesidad de tomar alimento, la de descansar, la de refugiarse, o el mismo sendero nos llevaran tantas veces fuera del camino preestablecido.

Tampoco estaban en nuestros planes encuentros con personajes imprevistos o batallas que parecían no tener que ver con nosotros. Algunos días el desaliento parecía apoderarse de nuestra alma y nos preguntábamos si no hubiera sido mejor haber optado por una meta más fácil o si sencillamente no teníamos capacidad de llegar a ella.

El mantenernos firmes a pesar de los pesares ha hecho de nosotros caminantes experimentados, que aprenden a acoger lo que la vida les presenta viendo en ella no obstáculos sino oportunidades.

Por eso, cuando al fin llegamos al final del camino, resulta sorprendente no encontrar una estancia amplia en la que acomodarse, sino un alto dintel con puerta de doble hoja que invita a ser empujada. En la meta se nos abre una nueva oportunidad que nosotros no esperábamos.

Es algo parecido a lo que Salinas describe en uno de sus poemas hablando de la infinitud de la amada:

“Me debía bastar
con lo que ya me has dado.
Y pido, más y más.
Cada belleza tuya
me parece el extremo
cumplirse de ti misma:
tú nunca podrás dar
otra cosa de ti
más perfecta
(…)
Y de pronto de siente
cuando ya te acababas
en asunción de ti,
que en tu mismo final,
renacida, te empiezas
otra vez”

Traspasado el umbral del portón, el inmenso espacio abierto que encontramos, es una faceta insospechada de la libertad: un nuevo mundo que exige de nosotros algo más.

Elegir el bien, hacer bien el camino recorrido hasta ahora era un paso necesario, pero intermedio y que no se agotaba en sí mismo. Cuando nos enriquecemos y enriquecemos el mundo no es tanto al elegir bien como al crear el bien. Nos decía Leonardo Polo en sus clases de Antropología de hace unos años que “el hombre es un solucionador de problemas”; es el ser capaz de inventar respuestas a las situaciones nuevas que se le presentan, el explorador, el que ofrece alternativas diferentes a los problemas de siempre.

Así, podremos medir el desarrollo de la libertad personal por la capacidad que cada uno tiene de responder a las cuestiones que se le van planteando en la vida, en la sociedad que vive, y por hacerlo de modo positivo, creativo…“solucionador”. No es suficiente analizar correctamente las situaciones o las cosas; no basta con tomar postura ante ellas; la verdadera vivencia de la libertad exige dar respuesta y respuesta constructiva. Por eso, el maestro se preocupa de formar no sólo para elegir bien sino para enriquecer el mundo con el bien. La verdadera tarea de la libertad es creativa.

Educar así exige una condición, puesto que el hombre sólo desarrolla esta dimensión creativa de la libertad en el ámbito de la confianza. Es necesario que el maestro confíe en el educando, en su capacidad, y también que el educando sienta y perciba esa confianza.

Cuando ayudamos a que el alumno desarrolle su inteligencia, su voluntad y su capacidad afectiva, es como si estuviéramos dotando a un caballero con las armas para su batalla: la espada, el escudo, el yelmo y la armadura. Pero es la confianza en él el manto invisible y verdaderamente poderoso que envuelve al caballero, le hace luchar por regresar ileso a casa, y le protege.

Para dar alas a la confianza, para educar en libertad, hace falta valentía por parte del maestro y del discípulo. Sin ella la confianza está como atada, aherrojada, y por eso el maestro tiene que soltar las riendas en un momento dado, consciente que esta vez no será él quien libre la batalla. Lo hará a sabiendas de que debe renunciar al control de la situación, a la certeza del regreso, apostando por su discípulo, sus armas, y su destreza para manejarlas. Y de esta forma, apostar por el joven discípulo es, sin dudarlo, apostar también por sí mismo, por su capacidad como maestro.

El maestro puede entonces experimentar la confianza como un riesgo. Pero nunca debe olvidar que el discípulo la vive, la palpa y se refugia en ella como el manto protector y la fuerza fundamental para la batalla. En ella se apoya como su arma más poderosa para vencer y regresar victorioso.

Si hay verdadera virtud en el discípulo, hemos dicho que habrá entonces afinidad con el bien. Y por eso se puede creer en él.

La partida del discípulo, sus primeras incursiones en solitario, su trabajo de “pionero”, le mostrarán y nos recordarán a los maestros algo que sabemos bien: que no es importante vencer siempre sino saber levantarse y continuar por el camino correcto, o regresar a casa cuando sea necesario. En Batman begins, donde se relata el origen del superhéroe de Gotham, el padre del pequeño Morgan le enseña sabiamente, tras su caída en el pozo, que “nos caemos para aprender a levantarnos”.

En la vida humana, el error forma parte esencial del aprendizaje como algo ineludible, aunque no siempre deseable. “Perder, al igual que ganar , forma parte del baile”, afirma S.Alvarez de Mon en la Lógica del corazón. O, citando a Tagore, “si le cierras la puerta al error, dejarás fuera la verdad”. Por lo tanto, la educación en libertad tiene que incluir también un cuerpo a cuerpo con el error, con las equivocaciones. No sólo tener la certeza teórica de que “soy humano y por tanto me puedo equivocar” sino experimentar en carne propia la equivocación: para aprender de ella, para saber salir, para saber reaccionar, para conocer las propias fortalezas y debilidades vitales… y para descubrir también que donde está mi límite está mi oportunidad. Porque -como me explicaba un buen maestro- “los límites son aquellos puntos que aparecen en mi vida de los cuales no puedo pasar por mí mismo; por tanto son ocasiones para pedir ayuda externa, y así seguir creciendo. Y más allá de seguir creciendo, los límites me dan la posibilidad de entablar una relación especial con otro; un otro que me ayudará a progresar, a mejorar, a ser más.”

Ciertamente, las equivocaciones son parte del aprendizaje, pero no lo esencial y por eso nunca deberían llevar a la parálisis.

Al final, vivir en libertad es mucho más interesante y profundo -más arriesgado también- que simplemente elegir lo que quiero hacer, salir o no hasta las tantas de la mañana, poder ir a cualquier parte… en definitiva, hacer lo que quiera.

Vivir en libertad me hace ser capaz de elegir algo por lo que merece la pena comprometerse, dar la vida, arriesgarla. En el mantener lo que he elegido como valioso habrá momentos de dificultad, momentos en los que habrá que hacer –como el esquiador- movimientos incesantes para adaptarse al terreno. Y también habrá, tantos más cuanto más ejercite mi libertad, otros en los que yo vaya abriendo camino a otros, descubra nuevas rutas, vistas mejores y… disfrute más.

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